Iván Urdaneta
El pasado jueves 12 de junio, durante una muestra cultural en el Teatro Esperanza Iris, una niña tomó el micrófono tras su participación en un número de ballet; lo que parecía una intervención de rutina se convirtió en una lectura crítica que tocó fibras sensibles entre el público, en especial entre quienes ocupaban las primeras filas, representantes de la administración cultural del Estado.
El contenido del discurso —preparado por adultos, sin duda— señaló el cierre de espacios como el Ágora, el deterioro de instalaciones culturales y el desplazamiento de maestros con trayectoria por figuras sin formación; demandas que diversos sectores culturales han expresado desde hace años; argumentando la fragilidad de la política pública en materia de cultura en Tabasco.
Las reacciones fueron polarizadas; algunos aplaudieron el discurso de la niña; otros cuestionaron el uso del espacio y el contexto para una crítica política; lo que, si es cierto, es la situación crítica del sector cultural, según los llamados cultureros, motivada por presupuestos estancados y decisiones administrativas poco sensibles a las necesidades del ecosistema artístico local.
Pero el problema va más allá; aunque se ha intentado reintegrar presupuesto a la Secretaría de Cultura federal, la inversión sigue siendo insuficiente; México se mantiene por debajo del 1% del gasto público recomendado por organismos internacionales como la UNESCO; esta brecha presupuestaria no solo limita el acceso a bienes y servicios culturales, también debilita a un sector que fue severamente golpeado por la pandemia y aún no se recupera.
En este contexto, la participación de una niña en un evento artístico no debería ser el centro del debate, sino el síntoma visible de un problema más profundo: el presupuesto destinado a la cultura es insuficiente para atender las necesidades más urgentes; a esto se suman años de malas decisiones, falta de planificación y ausencia de una visión clara, lo que provoca que los escasos recursos disponibles se desperdicien y no se logren avances significativos en el ámbito cultural.
El verdadero llamado no provino de una voz infantil, sino del eco persistente de una comunidad que crea, enseña y resiste desde la cultura, Tabasco no necesita de eventos esporádicos, de aplausos y de discursos; sino políticas reales y sostenidas, que reconozcan a la cultura no como adorno institucional, sino como el latido de una sociedad que quiere pensarse, contarse y mantenerse viva.

